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Espiritualidad

La dirección espiritual

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En este artículo

A. Qué es

1. ¿Qué es la dirección espiritual?

Es una conversación periódica y confiada con alguien preparado —sacerdote o laico con formación— para recibir consejo en la vida interior: la oración, la lucha contra los defectos, las decisiones importantes, el modo de vivir como cristiano el trabajo y la familia. Una práctica muy antigua en la Iglesia, que hoy también se llama «acompañamiento espiritual».

2. ¿De dónde viene esta costumbre?

De los mismos comienzos. Cuando Cristo llama a san Pablo en el camino de Damasco, no se lo explica todo directamente: lo envía a un hombre, Ananías, para que le indique el camino; y Pablo irá después a Jerusalén «para ver a Pedro» y aprender de él. Dios quiso desde el principio servirse de personas para guiar a otras personas. Los Padres del desierto, los grandes santos y los maestros espirituales de todos los siglos la han practicado y recomendado.

3. ¿Para qué la necesito, si ya tengo la Confesión?

Son cosas distintas y compatibles. La Confesión es un sacramento: perdona los pecados. La dirección espiritual es un consejo: ayuda a crecer. Una mira sobre todo a limpiar; la otra, a avanzar. Pueden darse juntas —muchos se confiesan con quien les orienta— o por separado.

4. ¿Y no basta con un psicólogo?

Tampoco compiten: atienden planos distintos. El psicólogo trata la salud mental y emocional; el acompañamiento espiritual mira la relación con Dios. Hay problemas que piden terapia y no consejos piadosos, y a la inversa; una persona sensata sabe distinguir cuándo acudir a cada uno, y a veces convienen los dos. Lo que la dirección espiritual ofrece no lo da ninguna consulta: ayuda para escuchar a Dios en la propia vida (madurez).

B. Cómo funciona

5. ¿Qué se trata en una charla de dirección espiritual?

Lo que afecta a la vida interior:
  • la oración: cómo va, qué la estorba.
  • la lucha personal: el defecto dominante, los propósitos.
  • las decisiones: estudios, noviazgo, vocación, cambios importantes.
  • los descalabros y las victorias, las dudas de fe, los miedos.
No hace falta esperar a tener problemas: también el que va bien necesita quien le anime a más.

6. La condición número uno: sinceridad

Sin sinceridad no hay nada. San Josemaría lo decía con crudeza: si se calla lo que pasa, «lo que al principio no era nada acaba convirtiéndose en un nudo que ahoga»; y recomendaba ser «salvajemente sinceros, con prudente educación». Al médico no se le esconde el síntoma, y menos el que da vergüenza: suele ser el importante (sinceridad).

7. ¿Tengo que obedecer lo que me digan?

La dirección espiritual aconseja, no manda. «El consejo no elimina la responsabilidad personal: somos nosotros, cada uno, los que hemos de decidir al fin» (san Josemaría). Su objetivo no es fabricar personas sin criterio que ejecutan lo que otro dice, sino exactamente lo contrario: formar personas de criterio. Dicho esto, pedir consejo y luego no hacer nunca caso es un modo elegante de perder el tiempo: la docilidad inteligente es parte del provecho (libertad, conciencia).

C. Preguntas prácticas

8. ¿Quién puede dar dirección espiritual?

Tradicionalmente los sacerdotes, y también laicos bien formados, hombres y mujeres, como reconoce la propia Iglesia. Lo esencial es que conozca la vida espiritual, quiera de verdad el bien del otro y guarde una discreción absoluta. Quien no fuera ejemplar en la reserva de lo que escucha carecería de la condición más básica para esta tarea.

9. ¿Cómo elegir a la persona y con qué frecuencia hablar?

Buscando a alguien con doctrina segura, cercanía a Dios y sentido común, y pidiéndolo con naturalidad: en la parroquia, en un centro de formación, a un sacerdote conocido. La frecuencia habitual va de la quincena al mes; lo importante es la constancia. Como en el deporte o los idiomas, una sesión brillante aislada sirve de poco; el fruto está en la regularidad (constancia).

10. ¿Qué gana quien se deja acompañar?

Mucho, y bastante rápido:
  • objetividad: uno se conoce mal a sí mismo; otro ve el bosque donde nosotros vemos excusas.
  • ánimo en las malas rachas y exigencia amable en las buenas.
  • continuidad: los propósitos con testigo sobreviven más que los propósitos secretos.
  • y, sobre todo, docilidad al Espíritu Santo, que se sirve de esos consejos para guiar el alma.
Los santos, empezando por los más grandes, se dejaron aconsejar toda la vida (santidad).

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