Espiritualidad
Las bienaventuranzas
A. Qué son
1. ¿Qué son las bienaventuranzas?
Son las frases con que Jesús abre el sermón de la montaña (Mateo 5, 3-12), y están en el centro de su predicación. «Bienaventurado» significa feliz, dichoso: son la respuesta de Jesús a la pregunta que todos llevamos dentro, dónde está la felicidad. Con ellas recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham, pero las apunta más alto: no a una tierra, sino al Reino de los cielos.
2. El texto
- Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
- Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
- Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
- Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
- Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
- Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
- Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
- Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
3. ¿No suenan a un elogio de la desgracia?
Lo parecen solo a primera vista, y por eso desconciertan: llaman dichosos a los que el mundo compadece —pobres, mansos, los que lloran, los perseguidos— y no mencionan a los ricos, los fuertes y los aplaudidos. Pero no son un elogio de la desgracia, sino promesas: Dios mismo se compromete a consolar, saciar y dar su Reino. Son «promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las dificultades».
4. ¿A quién retratan las bienaventuranzas?
A Jesucristo. Él es el pobre que no tuvo donde reclinar la cabeza, el manso con los pecadores, el perseguido hasta la cruz, el limpio de corazón. Las bienaventuranzas dibujan su rostro. Por eso vivirlas no es cumplir una tabla de normas, sino parecerse a Él (Jesús, vida de Cristo).
B. Recorrido por las bienaventuranzas
5. ¿Qué es ser «pobre de espíritu»?
Tener el corazón libre de la codicia y de la esclavitud de las cosas, se tenga poco o mucho. Al que tiene poco le pide no vivir amargado deseando; al que tiene de sobra, desprenderse en favor de quien no llega. Uno empieza a amar de verdad cuando se priva de algo suyo por otro (pobreza, austeridad).
6. ¿Los «mansos» son los blandos?
No: la mansedumbre es un acto de fortaleza. No es tener buen carácter ni ceder siempre para evitar líos, sino dominarse. Se adquiere «por severidad para consigo mismo», y por eso un manso auténtico impresiona más que un violento: piénsese en Jesús callado ante sus jueces, dueño de sí en plena Pasión (paciencia, fortaleza).
7. ¿Cómo van a ser felices «los que lloran»?
Porque no están solos en su llanto: Dios se compromete a consolarlos. El cristiano que sufre se abandona en el Padre que sabe y decide, y esa confianza da una alegría honda que convive con las lágrimas. No es resignación amarga: es la experiencia, repetida en tantos santos, de que hasta los malos días traen su pequeña alegría a quien confía (dolor, Providencia).
8. Hambre de justicia, misericordia y limpieza de corazón
- Hambre y sed de justicia: el deseo nunca saciado de santidad, de ser una sola cosa con Cristo (santidad).
- Misericordiosos: perdonar es, además, un acto de justicia con uno mismo; solo se olvida cuando se perdona, y quien no perdona se envenena de amargura (misericordia de Dios).
- Limpios de corazón: obrar como cristiano en cualquier circunstancia, sin doblez, sin regular la conducta según lo que haga la mayoría. Verán a Dios porque no tienen nada que esconder (sinceridad).
9. ¿Y las de la paz y la persecución?
Trabajar por la paz —en casa, en el trabajo, entre países— es cosa de hijos de Dios, aunque no siempre salga: «a ser posible, y cuanto de vosotros depende, tened paz con todos», decía san Pablo, sabiendo que para la paz hacen falta dos. Y la persecución por causa de la justicia cierra la lista con realismo: quien viva así chocará a veces con el mundo. Jesús no lo oculta; promete que vale la pena (valentía).
C. Un programa de vida
10. ¿Las bienaventuranzas sustituyen a los mandamientos?
No los sustituyen: empiezan donde ellos acaban. Los mandamientos marcan el mínimo para no destruir el amor; las bienaventuranzas señalan la cumbre. Uno dice «no robarás»; la otra invita a desprenderse de lo propio por los demás. Son la diferencia entre no hacer el mal y parecerse a Cristo.
11. ¿Alguien las ha vivido del todo?
Sí: la Virgen María, la primera, y todos los santos, cada uno a su modo. No son un ideal inalcanzable para superhombres: quedan inauguradas en personas reales, con vidas corrientes muchas de ellas. Y a cada cristiano le toca vivirlas en su sitio: en la familia, el trabajo, la enfermedad, el éxito y el fracaso (cielo, esperanza).