Jesús no borró sus cicatrices: las enseñó.
Cuando el Resucitado se aparece a los discípulos, lo primero que hace es mostrarles las manos y el costado (Jn 20,20). A Tomás le invita incluso a tocarlos. Su cuerpo glorioso conserva las marcas de la cruz.
Podría haber resucitado sin rastro de lo que sufrió. No lo hizo. Esas heridas ya no le duelen ni le avergüenzan: son la prueba de hasta dónde llegó su amor. Ahora cuentan una historia de victoria.
Muchos llevamos heridas que preferiríamos esconder: una infancia difícil, una ruptura, un error del que cuesta hablar, algo que nos hicieron. Dios no siempre las borra. Pero puede hacer que dejen de ser una vergüenza y se conviertan en el lugar donde se nota que alguien te ha curado. Tus cicatrices no te descalifican.
Idea clave
Dios no siempre borra tus heridas, pero puede hacer que dejen de avergonzarte.
Tu reto para esta idea
Piensa en una herida tuya que escondes y preséntasela hoy a Dios en la oración, tal como está.