La desilusión no es un pecado: es lo que queda cuando las cosas no salen como las imaginabas.
Todos tenemos algún «yo esperaba»: una relación que no salió, unas notas, un trabajo, una oración que no se cumplió como querías. Y con él llega un cansancio especial, porque no solo duele lo que pasó, sino también lo que habías imaginado.
La desilusión es la distancia entre lo que esperabas y lo que ha sido. Lo peligroso no es sentirla, sino quedarse a vivir en ella y concluir que nada merece la pena.
Dios no desaparece en esos momentos. A veces está más cerca de lo que parece precisamente cuando te sientes decepcionado, aunque no lo notes. Contarle lo que esperabas, sin adornarlo, es el primer paso para mirar lo ocurrido de otra manera.
Idea clave
En tus desilusiones, Dios camina a tu lado aunque no le reconozcas.
Tu reto para esta idea
Cuéntale hoy a Dios tu «yo esperaba…» más reciente, sin adornarlo.