Si en casa te faltó cariño, puede costarte darlo. Pero se puede aprender.
Si creciste en un ambiente frío, quizá te cueste expresar cariño, fiarte de la gente o recibir las necesidades de otros sin sentirlas como una exigencia. Lo que a otros les sale solo, a ti puede tocarte aprenderlo.
No ayuda negar la herida ni convertirla en tu identidad. Puedes fijarte en personas que quieren bien, pedir acompañamiento y practicar gestos concretos, aunque al principio te salgan torpes. La ternura también se aprende.
Con el tiempo, lo que te faltó puede hacerte más atento a quien se siente invisible. No porque aquel daño fuera bueno, sino porque tu libertad y la gracia de Dios pueden impedir que tenga la última palabra. No tienes que dar exactamente lo que recibiste: puedes empezar algo distinto, poco a poco y acompañado.
Idea clave
Lo que te faltó te influye, pero no te condena: a querer también se aprende.
Tu reto para esta idea
Practica esta semana un gesto de cariño que no aprendiste en casa y pide orientación si la herida vuelve muy difícil sostenerlo.