Si el Evangelio ya no te sorprende a ti, difícilmente sorprenderá a otros.
De tanto oírlo, el Evangelio puede volverse demasiado conocido. Te sabes cada escena, enseguida piensas a quién le vendría bien y ya no dejas que te diga nada a ti.
Para contarlo con vida, primero hay que volver a recibirlo. Leer despacio, fijarte en un gesto de Cristo, preguntarte qué te cambia hoy. Así deja de ser un tema que dominas y vuelve a ser una buena noticia.
El asombro no es emoción constante ni buscar novedades raras. Es descubrir hondura en lo que ya conoces. Y se nota: quien vuelve a quedar tocado por el Evangelio lo comparte con humildad, no como propaganda ni como una lección repetida.
Idea clave
Solo contagias el Evangelio si antes te sigue sorprendiendo a ti.
Tu reto para esta idea
Lee hoy una escena muy conocida del Evangelio sin pensar en explicarla y fíjate en un gesto de Jesús que te sorprenda.