No murieron por odio a la vida, sino por amor a Alguien.
Al mártir se le imagina a veces como un fanático que desprecia la vida. Es justo al revés: los mártires amaban la vida —tenían familia, oficio, amigos— y no la tiraron: la entregaron. Cuando les obligaron a elegir entre Cristo y todo lo demás, tenían ya muy visto que había Alguien que valía más que todo lo demás.
Por eso el martirio no se improvisa. Nadie da la vida entera de golpe si no la ha ido dando antes a trocitos: en la fidelidad pequeña de cada día, en las mil ocasiones de ser coherente costando poco.
A ti seguramente nadie te pedirá la sangre. Pero sí versiones pequeñas de la misma elección: quedar mal por no mentir, perder algo por ser justo, aguantar la broma por no esconder la fe. Ahí se entrena la misma libertad: la del que no está en venta.
Idea clave
El mártir demuestra que hay amores más fuertes que el miedo.
Tu reto para esta idea
La próxima vez que te toque quedar mal por ser coherente, acepta el precio con paz y sin bronca.