Entre la Ascensión y Pentecostés, los apóstoles no se dispersaron: se quedaron rezando con María.
Antes de subir al cielo, Jesús pidió a los suyos que no se fueran de Jerusalén y esperasen lo que el Padre había prometido. No sabían bien qué iba a pasar ni cuándo. Volvieron a la sala de arriba y allí perseveraban juntos en la oración, con María, la madre de Jesús (Hch 1,14).
No se quedaron quietos por miedo ni se fue cada uno por su lado. Esperaron juntos y rezando. Y el Espíritu Santo llegó así, a una comunidad que llevaba días pidiéndolo.
Hay cosas que no puedes acelerar: una decisión que aún no ves clara, una curación, un cambio en alguien a quien quieres. Esperar rezando, y mejor si es con otros, no es perder el tiempo: es prepararte para recibir lo que llegue.
Idea clave
Algunas esperas se viven mejor rezando y acompañado.
Tu reto para esta idea
Pide hoy al Espíritu Santo, con una oración breve, luz para algo que estás esperando, y repítela estos días.