Nunca, aunque a veces no lo sientas.
Cuando una oración parece no tener respuesta o una dificultad dura demasiado, puede aparecer una pregunta dolorosa: ¿Dios se ha olvidado de mí? No es una pregunta superficial y no merece una frase rápida.
La fe no garantiza que entiendas enseguida lo que pasa. Pero recuerda quién eres: hijo de Dios, llamado a tratarle con confianza incluso dentro de la oscuridad. Saber que eres hijo de Dios no borra el cansancio; da un suelo más hondo para no quedar definido por él.
Puedes hablar con Dios desde esa verdad, sin esconder la queja. También puedes buscar apoyo, descansar y dejarte acompañar. A veces el primer acto de esperanza no es sentir paz, sino negarte a cerrar la historia antes de tiempo.
Idea clave
Dios no abandona.
Tu reto para esta idea
Recuerda hoy un momento en que no estuviste solo. Da gracias por esa presencia.