Sentirte poca cosa no es el problema; creer que todo depende de ti, sí.
Te encargan algo que te viene grande: un puesto nuevo, cuidar de alguien, un paso que Dios te pide. Y enseguida aparece la lista de excusas: «no estoy preparado», «otros lo harían mejor», «no sé hablar en público», «no tengo tiempo».
A veces esas excusas tienen algo de verdad. Solo, quizá no puedas. Pero no te toca ir solo. Dios no suele llamar a los que se sienten capaces, sino a los que se fían. Y casi siempre pone cerca a alguien que sabe más que tú.
Reconocer tus límites es sano. Usarlos para no moverte, no tanto. Entre «yo no puedo» y «yo puedo con todo» hay un camino más realista: «no puedo solo, pero no voy solo».
Idea clave
Tus límites no te descalifican si no vas solo.
Tu reto para esta idea
Ante un encargo que te venga grande, en vez de repetir por qué no puedes, pide ayuda hoy a Dios y a alguien que sepa.