Los apóstoles pasaron de esconderse a hablar en la calle. No fue una charla motivadora: fue el Espíritu Santo.
Después de la muerte de Jesús, los apóstoles vivían con las puertas cerradas por miedo. En Pentecostés, el Espíritu Santo bajó sobre ellos y el cambio fue inmediato: los mismos hombres que días antes se escondían salieron a hablar de Cristo en plena calle.
Nadie les había dado un curso de oratoria. Seguían siendo pescadores, con su acento y sus limitaciones. Lo que cambió es que ya no estaban solos por dentro.
A muchos les da apuro que se note su fe: que sepan que van a Misa, que rezan, que piensan distinto en algunos temas. Es normal sentir ese miedo. La salida no es fingir valentía, sino pedirla. El Espíritu Santo sigue dando a gente corriente la fuerza para decir con naturalidad lo que cree.
Idea clave
La valentía para vivir la fe a la vista no la fabricas tú: se pide al Espíritu Santo.
Tu reto para esta idea
Pide hoy al Espíritu Santo valentía y, si surge la ocasión, no escondas que eres creyente.