Lo extraordinario de aquellos santos era cuánto deseaban lo que tú puedes recibir.
Los relatos de comuniones prodigiosas hablan de personas que lloraban por no poder comulgar, recorrían caminos difíciles o esperaban con un deseo enorme. Sus experiencias fueron excepcionales, pero la pregunta que dejan es muy corriente.
Puedes tener la Eucaristía cerca y acostumbrarte tanto que ya no esperas nada.
Llegas, recibes y sigues adelante.
El problema no es la normalidad de la Misa, sino permitir que la costumbre vacíe por dentro un encuentro inmenso. No necesitas perseguir un prodigio. Necesitas recuperar el deseo: saber a quién vas a recibir, prepararte un poco y agradecer después. La rutina cambia cuando vuelve el amor.
Idea clave
El asombro eucarístico se recupera deseando y preparando el encuentro.
Tu reto para esta idea
Antes de tu próxima Misa, llega cinco minutos antes y di con tus palabras por qué quieres comulgar.