No conviertes tú a Cristo en ti: Él te va convirtiendo en Él.
Con la comida normal, tú transformas el alimento en tu cuerpo. Con la Eucaristía pasa al revés: no eres tú quien la asimila, es Cristo quien poco a poco te va cambiando a ti. Comulgar no es un premio ni una costumbre: es dejarte transformar.
Por eso importa lo que viene después. Si de verdad has recibido a Cristo, debería notarse: palabras más verdaderas, más paciencia, gestos que ayudan, un modo de tratar que recuerde al suyo.
No esperes sentir fuegos artificiales. El cambio es callado y lento, como el de un alimento que sostiene. Pero si comulgas con fe, te vas pareciendo cada vez más a Aquel que recibes.
Idea clave
En la comunión no absorbes a Cristo: te dejas ir transformando en Él.
Tu reto para esta idea
Después de comulgar (o de rezar hoy), elige un gesto concreto en el que quieras parecerte más a Cristo esta jornada.