Santa Faustina Kowalska, Siglo XX
Estas fueron las palabras de Jesús a Sor Faustina:

Deseo que esta imagen sea venerada en el mundo entero. Prometo que el alma que dará culto a esta imagen no se condenará. Le prometo además, la victoria sobre sus enemigos, ya en la tierra, pero especialmente en la hora de la muerte. Yo mismo la defenderé para mi gloria.
Jesús mismo explicó así el significado de esta devoción:
hija mía, di que yo soy el Amor y la Misericordia en persona. La llaga de mi Corazón es la fuente de la Misericorida ilimitada. Di a las almas que yo les doy como escudo mi Misericordia; por ellas combato, afrontando la justa cólera de mi Padre. […] Hija Mía, di a la humanidad sufriente que se abrace a la Misericordia de mi Corazón y yo la colmaré de paz. […]. Las almas perecen, a pesar de mi dolorosa Pasión. Les concedo la última tabla de salvación, es decir, la fiesta de mi Misericordia. […]. Este ícono es un signo para los últimos tiempos, luego de los cuales vendrá el día de la justicia.
Junto a su infinita Misericordia, el Señor mostró también a Sor Faustina el infierno:
hoy, bajo la guía de un ángel, he estado en los abismos del infierno. Es un lugar de grandes tormentos a lo largo de toda su extensión espantosamente grande.
Estas son las muchas penas que he visto: la primera pena, aquella que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; la segunda, los continuos remordimientos de conciencia; la tercera, el conocimiento que esa situación nunca cambiará; la cuarta pena es el fuego que penetra en el alma pero no la destruye; es una pena terrible: es un fuego puramente espiritual encendido por la ira de Dios; la quinta pena es la oscuridad continua, un horrible hedor sofocante y, aunque haya oscuridad, los demonios y las almas condenadas se ven entre sí y ven todo el mal de los otros y el propio; la sexta pena es la compañía constante de Satán; la séptima pena es la tremenda desesperación, el odio hacia Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. Sepa el pecador que con el sentido con el cual peca será torturado por toda la eternidad.
Escribo esto por mandato de Dios para que ninguna alma se excuse diciendo que el infierno no existe, o que ninguno ha estado allí y que ninguno sabe cómo sea. Yo, sor Faustina, por mandato de Dios he estado en los abismos del infierno con el fin de narrarlo a las almas y dar testimonio que el infierno existe. Aquello que he escrito es una pálida sombra de las cosas que he visto.
Jesús a Santa Faustina: “Hija Mía, ayúdame a salvar a un pecador agonizante; recita por él la corona que te he enseñado”. Cuando comencé a recitar la corona, vi a aquel moribundo entre tormentos y luchas atroces. El Ángel de la Guarda lo defendía, sin embargo, era impotente ante la gran miseria de aquella alma. Una multitud de demonios estaba a la espera de aquella alma, pero mientras yo recitaba la corona ví a Jesús igual a la imagen pintada.
Los rayos que salieron del Corazón de Jesús envolvieron al enfermo y las potencias de las tinieblas huyeron, no sin provocar un gran ruido. El enfermo expiró serenamente. Cuando entré nuevamente en mí comprendí que esta corona es importante junto a los moribundos, ella aplaca la ira de Dios. Santa Faustina escribe que
durante la Santa Misa, en la cual Jesús está expuesto en el Santísimo Sacramento, antes de la Santa Comunión, vi dos rayos que salían de la Hostia, tal cual están pintados en esta imagen: uno rojo y el otro, pálido.
Texto y fotografías: exposición internacional «Los Milagros Eucarísticos en el mundo», de san Carlo Acutis. Ficha original en miracolieucaristici.org.