San Bernardo de Claraval y San Juan Bosco
San Bernardo de Claraval, siglo XII
Uno de los biógrafos de San Bernardo cuenta que el Santo “se había dirigido hacia Aquitania para lograr que un Duque de esa provincia se reconciliara con la Iglesia. Viendo que éste se negaba a la reconciliación, el santo de Dios fue hacia el altar para celebrar la Misa mientras el Duque lo esperaba en la puerta de la iglesia, ya que estaba excomulgado. Luego de la consagración, Bernardo depositó la Hostia sobre la patena y con ella salió de la iglesia, mientras su rostro ardía en santa ira. Cuando llegó donde el Duque le dirigió estas palabras:
Retrato del verdadero rostro de San Bernardo
te hemos rogado y tú nos has despreciado. He aquí que ahora ha venido hacia ti el Hijo de la Virgen, el Señor de la Iglesia que tú persigues; he aquí, delante tuyo aquel juez en cuyas manos un día estará tu alma. ¿Osarás acaso rechazarlo como has rechazado al siervo? Resístele, si puedes.
De pronto, el Duque sintió que sus piernas se doblaban para postrarse a los pies de Bernardo, quien le ordenó alzarse para escuchar la sentencia de Dios. El Duque se alzó tembloroso y siguió todo aquello que Bernardo le ordenaba”.
San Juan Bosco, 1848
Los biógrafos de Don Bosco cuentan que en 1848, durante una Misa celebrada en honor a la fiesta de la Anunciación, el Santo se dio cuenta en el momento de la Comunión que en la píside había sólo ocho Hostias mientras que los chicos eran 360. Todos notaron este hecho y comenzaron a preguntarse qué cosa haría Don Bosco. José Buzzetti, quien se convirtió en uno de los primeros sacerdotes salesianos, servía en la Misa ese día, y llegó a sentirse mal por la emoción cuando vio que Don Bosco multiplicaba las Hostias y daba la Comunión a los 360 jóvenes.
Don Bosco narró que en sueños vio que se libraba una terrible batalla naval, desencadenada por una multitud de embarcaciones pequeñas y grandes que iban contra una sola nave majestuosa, símbolo de la Iglesia. La nave tantas veces golpeada, permanecía siempre victoriosa, guiada por el Papa para luego anclarse segura entre dos columnas surgidas del mal. La primera tenía en alto una gran Hostia en la que estaba escrito: “Salus credentium”. En la otra, más baja, estaba la estatua de la Inmaculada y estaba escrito: “Auxilium Christianorum”
Fuente
Texto y fotografías: exposición internacional «Los Milagros Eucarísticos en el mundo», de san Carlo Acutis. Ficha original en miracolieucaristici.org.