Nuestra Señora y la Eucaristía
Calanda, España, Miguel Juan Pellicer, 1640
Miguel Juan Pellicer, nació en 1617 de una familia pobre de Calanda, pueblo que se encuentra a unos cien kilómetros de Zaragoza. A los 19 años, decidió trabajar con un tío en Castellón de la Plata. Un día, durante los trabajos en el campo, cayó bajo las ruedas de una carreta llena de grano, fracturándose la pierna derecha. Miguel Juan fue llevado de inmediato al hospital general de Valencia. Viendo que allí era imposible curarlo, decidió salir de alta para iniciar un viaje de trescientos kilómetros hacia Zaragoza para pedir ayuda a la Virgen del Pilar.
Juan Pablo II, ante la estatua de la Virgen del Pilar de Zaragoza
Caminó ayudándose de las muletas, apoyando a una madera la rodilla de la pierna fracturada que ya estaba infectada. Llegó exhausto y con fiebre a Zaragoza en el mes de octubre de 1637. Allí se arrastró hasta el Santuario del Pilar donde se confesó y recibió la Eucaristía. Luego fue internado en el Real Hospital de Gracia. Viendo el estado de la gangrena, los médicos concluyeron que el único modo para salvarle la vida sería amputándole la pierna.
El miembro fue cortado con serrucho y escalpelo cuatro dedos bajo la rodilla y cauterizado con fierro candente. Un joven praticante, Juan Lorenzo García, recogió el miembro amputado y lo enterró en el cementerio anexo al hospital. Desde ese momento, Miguel Juan tuvo que mendigar en el Santuario de la Virgen del Pilar para poder sobrevivir. Todas las mañanas estaba presente en la Misa y rezaba con fervor delante del Santísimo Sacramento. Solía untar la pierna mutilada con el aceite de la lámpara del Tabernáculo.
Luego de más de tres años de ausencia, decidió regresar a la propia familia, donde fue acogido con afecto. En marzo de 1640, después de una vigilia en honor a la Virgen, Miguel Juan se sintió muy cansado. Decidió retirarse antes de lo acostumbrado y como siempre, untó la zona amputada de la pierna derecha con el aceite de la lámpara del Santísimo Sacramento que había tomado del Santuario de la Virgen del Pilar. Cuando la madre se acercó para ver si el hijo estaba bien, descubrió que sobresalían de las frazadas, no un pie sino dos.
Miguel Juan había recuperado milagrosamente el miembro que había sido enterrado tres años atrás por el practicante García.
Según los testimonios de los presentes y del proceso canónico “la pierna estaba como muerta, más pequeña y con masas musculares más reducidas, pero estaba perfectamente viva y permitía caminar” Según se cuenta, la Capilla primitiva del Santuario habría sido construída por el Apóstol Santiago el Mayor hacia el año 40, en recuerdo de la prodigiosa “Venida” de la Virgen de Jerusalén a Zaragoza para confortar al Apóstol que se encontraba desilusionado por los resultados negativos de su predicación. El “Pilar” es la columna de alabastro sobre la cual la Virgen habría apoyado sus pies
Fátima, Portugal, El Ángel de la Paz, 1916
«Vimos al Ángel con un cáliz en la mano izquierda y sobre él una Hostia suspendida, de la cual caían hacia el mismo cáliz algunas gotas de Sangre. Dejando suspendido en el aire el cáliz con la Hostia, se postró a tierra, cerca de nosotros y repitió por tres veces la oración:

Trinidad Santísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Os adoro profundamente y Os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los tabernáculos de la tierra, en reparación de los ultrajes, de los sacrilegios y de las indiferencias con las que ha sido ofendido. Y por los méritos infinitos de su santísimo Corazón y del Corazón Inmaculado de María, Os ruego la conversión de los pobres pecadores.
Luego, alzándose, tomó nuevamente el cáliz y la Hostia y me la ofreció, y lo que contenía el cáliz lo dio de beber a Jacinta y Francisco, diciendo: tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus delitos y consolad a vuestro Dios.
y luego, desapareció».
Guadalupe, México, Juan Diego, 1531
Al amanecer del 9 de diciembre de 1531, un joven indio llamado Juan Diego subió por las colinas del Tepeyac que quedaba a las afueras de la ciudad de Méjico. Se dirigía a Tlatelolco para sus clases de catecismo. De pronto, oyó un suave canto y se dirigió al lugar de donde provenía el sonido. Se encontró con una mujer joven que tenía resplandecientes vestidos. Ella le reveló ser la Virgen María.
Pintura antigua de Juan Diego y la Virgen
Luego, rogó a Juan Diego que fuese donde el Obispo de la capital para pedirle la construcción de un templo en el lugar donde ella se había aparecido para que todos pudiesen honrar a su Hijo Jesús. Juan Diego obedeció, pero el Obispo, Juan de Zumárraga, pidió una señal porque se mostraba incrédulo ante la narración. Cuando la Virgen apareció por tercera vez a Juan Diego, le prometió que le daría una señal al día siguiente.
Pero ese día, un lunes, Juan Diego no pudo presentarse a la cita porque un tío suyo se enfermó gravemente, hasta el punto de pedir la extrema unción. Al día siguiente, Juan Diego salió muy temprano para Tlatelolco, en busca de un sacerdote. Decidió evitar el sendero de las colinas del Tepeyac para no encontrarse con la Señora. Pero ella se le apareció en el camino. El hombre le confió su pena y ella lo invitó a tener fe porque su tío se curaría. Luego le pidió ir hacia la cima de la colina para recoger algunas flores que encontraría allí mismo.
Juan Diego fue al lugar indicado y lo encontró cubierto de rosas y otras flores maravillosas, no comunes en aquella estación invernal y al ambiente árido del territorio. Las recogió, las puso en su tilma, que es el poncho típico de los campesinos aztecas, y llevó todo a la Virgen. Entonces, ella le pidió ir con aquellas flores donde el Obispo para que sirvieran como prueba de las apariciones. El hombre hizo como le había sido pedido y se dirigió a la Ciudad de Méjico. Luego de una larga espera, fue recibido por el prelado.
Le mostró la tilma y cuando la extendió, las rosas y las otras flores cayeron, dejando ver la fulgurante imagen de la Virgen impresa en el poncho. Ante este Prodigio, el Obispo cayó de rodillas, lleno de maravilla y arrepentimiento por su desconfianza. Luego, tomó la tilma y la colocó en la capilla. Al día siguiente, Juan Diego regresó a su casa con las ansias de ver a su tío, a quien lo había dejado en grave condición de salud. Pero, en cambio, lo encontró completamente sano.
Su tío le contó cómo la Virgen se le había aparecido también a él el día anterior y se había presentado como Santa María de Guadalupe, para luego anunciarle que sería curado. La imagen de la Virgen de Guadalupe, como la Sábana Santa de Turín, es una imagen hecha no de mano humana. Esto ha sido demostrado por los científicos J.B Smith y P.S. Callahan, quienes utilizaron los rayos infrarrojos. Dieron la siguiente conclusión: “El origen de la imagen de Guadalupe resulta inexplicable”
Lourdes, Francia, Santa Bernadette, 1888
El 22 de agosto de 1888, a las 4 de la tarde, se organizó por primera vez en Lourdes la procesión con la bendición final de los enfermos con el Santísimo Sacramento. Fue un sacerdote quien propuso esta piadosa iniciativa y desde entonces no se ha dejado de hacer.
Alice Couteaul se sanó de una esclerósis cuando pasó ante ella el Santísimo Sacramento
Cuando el 22 de agosto de 1888 se bendijeron los enfermos delante de la gruta de la aparición con el Santísimo Sacramento, Pedro Delanoy, enfermo de atarasia desde hace años (enfermedad que impide la coordinación de los movimientos voluntarios y que conduce indefectiblemente a la muerte), fue curado instantáneamente cuando la Custodia pasó delante de él. Era el primer Milagro Eucarístico que sucedía en Lourdes. Desde aquel entonces, la procesión Eucarística para los enfermos se realiza en forma ininterrumpida. Las curaciones milagrosas acontecidas al pasar el Santísimo Sacramento
París, Francia, Santa Catalina Labouré, 1830
Catalina Labouré nació el 2 de mayo de 1806 de una familia de agricultores. El 21 de abril de 1830 entró como novicia en la orden religiosa de las Filles de la Charité, en la casa madre de París, ubicada en la calle Rue du Bac. Allí Catalina, en 1830, tuvo la famosa aparición de la Virgen Inmaculada, que le dijo: «acuña una medalla siguiendo este modelo. Las personas que la llevarán en el cuello recibirán gracias abundantes». Durante toda su permanencia en Rue du Bac, Catalina tuvo la gracia de ver a Jesús en la Hostia consagrada, sea en el momento de la Comunión como durante la exposición del Santísimo Sacramento.

La misma Catalina describirá así el momento de la aparición:
Mientras estaba en profundo silencio delante de la Hostia puesta para la adoración, me pareció sentir del costado un ruido que parecía el rozar de un vestido de seda. Alcé la mirada y vi a la Santísima Virgen. Era de mediana estatura y tenía una belleza indescriptible. Tenía un velo blanco que llegaba casi hasta los pies, los cuales se apoyaban en un globo a mitad. Sus manos, elevadas a la altura de la cintura, sostenían de modo muy natural otro globo más pequeño, hecho de oro, y en su parte superior se apoyaba una cruz, también de oro. Tenía los ojos elevados hacia el Cielo.
Mientras la contemplaba, la Santa Virgen bajó la mirada hacia mí y me dijo estas palabras: «este globo que ves representa el mundo entero; particularmente Francia y cada persona en singular». Y la Virgen añadió: «los rayos son el símbolo de las gracias que yo derramo sobre las personas que me lo piden». De este modo, me hizo comprender cuán dulce es rezar a la Santísima Virgen y cuán generosa es hacia las personas que la invocan.
Y entonces, se formó alrededor de la figura de la Santísima Virgen un cuadro de forma oval en cuya parte superior se leían escritas en semicírculo, empezando por la mano derecha hacia la izquierda de la Virgen, las siguientes palabras: «OH, MARÍA, SIN PECADO CONCEBIDA, ROGAD POR NOSOTROS QUE RECURRIMOS A VOS». Luego, el globo que la Virgen había ofrecido a Dios desapareció; sus manos cargadas de gracias se juntaron apuntando hacia el globo, donde ella se apoyaba. Desde allí pisaba la cabeza de una serpiente verde con manchas amarillas.
De pronto el cuadro se volteó y me presentó la «otra cara de la medalla», es decir, el monograma de María con la cruz sobrepuesta. En la parte inferior había dos Corazones: el de Jesús, coronado de espinas, y el de María, atravesado por una espada. En torno, como un marco, estaba una corona real con doce estrellas. Entonces, escuché una voz que me dijo: «haz acuñar una medalla sobre este modelo. Todas las personas que la llevarán bendecida, especialmente en el cuello, y recitarán la oración breve, gozarán de una especialísima protección de la Madre de Dios y recibirán abundantes gracias. Las gracias serán muchas para quien la llevará con fe».
Fuente
Texto y fotografías: exposición internacional «Los Milagros Eucarísticos en el mundo», de san Carlo Acutis. Ficha original en miracolieucaristici.org.