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Espiritualidad

La mortificación

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En este artículo

A. Qué es y qué no es

1. ¿Qué es la mortificación?

Es el sacrificio voluntario que el cristiano ofrece a Dios: privarse de algo lícito, aceptar con paz lo que cuesta, dominar el propio genio. La palabra asusta más que la cosa: la mayoría de las mortificaciones cristianas son pequeñas y nadie las nota.

2. ¿No es eso masoquismo?

No. El cristianismo no busca el dolor por el dolor; eso sería una deformación. La prueba está en el resultado: la mortificación cristiana cuadra con la sonrisa de Juan Pablo II o con la paz de Teresa de Calcuta entre los más pobres. El masoquismo destruye a la persona; la mortificación bien vivida la embellece y la hace más libre y más alegre.

3. Entonces, ¿por qué sacrificarse, si Dios no necesita nuestro dolor?

Por amor. Una persona enamorada devuelve amor por amor, y el amor se demuestra con palabras y con obras: cuanto mayor es, más generosas y sacrificadas son las obras. Dios nos habló (su Palabra) y se sacrificó por nosotros (la cruz); el cristiano responde con lo mismo: oración y sacrificio. Cualquier padre que se levanta de noche por su hijo entiende esto sin necesidad de teología.

4. ¿Qué actitud tuvo Jesús ante la penitencia?

La vivió y le dio su sentido pleno. Ayunó cuarenta días en el desierto, pasó noches en oración y aceptó la cruz. A la luz de su muerte redentora, los cristianos entendieron que las prácticas penitenciales —sobre todo el ayuno, la oración y la limosna— no solo ayudan a la conversión: pueden unirse al sacrificio de Cristo y corredimir con Él (Redención).

B. Para qué sirve

5. Los dos frutos principales

  • El dominio de uno mismo: quien se niega caprichos pequeños se hace dueño de sí, y quien se concede todo acaba esclavo de todo. Es el mismo principio del entrenamiento deportivo, aplicado al corazón (templanza).
  • El amor: cada renuncia ofrecida es un acto de amor a Dios y, muchas veces, un servicio directo a los demás; pensemos en callar una respuesta cortante o ceder el mejor sitio.

6. ¿Qué relación tiene con la lucha contra el pecado?

Directa. Las inclinaciones desordenadas no se corrigen solas: quien no aprende a decirse «no» en lo pequeño y lícito, difícilmente sabrá decírselo ante la tentación seria (pecado). La mortificación es medicina preventiva: fortalece la voluntad cuando no hay batalla, para que resista cuando la haya.

7. ¿La mortificación quita la alegría?

La experiencia dice lo contrario: las personas más mortificadas suelen ser las más alegres, y las más regaladas, las más quejicas. Tiene su lógica: quien no depende de sus caprichos no vive frustrado cuando faltan. San Josemaría hablaba de la alegría «con paz» como fruto del desprendimiento (felicidad).

C. Cómo vivirla

8. ¿Qué mortificaciones valen más?

Las que no se eligen: aceptar con buena cara los contratiempos que la vida trae solos —el cansancio, el calor, el plan torcido, el carácter del otro— vale más que las penitencias espectaculares elegidas por uno. Después, las pequeñas y constantes: puntualidad, orden, sobriedad en la mesa, sonreír cuando no apetece. «Piensa qué es lo más heroico», escribió san Josemaría comparando la cruz vistosa con los alfilerazos de cada día (dolor, paciencia).

9. Ejemplos al alcance de cualquiera

  • en la mesa: servirse lo que menos gusta, no picar entre horas, un día sin postre.
  • en el trato: escuchar hasta el final, no imponer el propio plan, ahorrar la crítica.
  • en el trabajo: acabar lo empezado, cuidar los detalles que nadie ve, empezar por lo que cuesta.
  • en el cuerpo: levantarse a la hora, posturas sin desmadejarse, menos pantalla.
Pequeñeces, sí: de esas está hecha la vida (laboriosidad, orden).

10. ¿Hay tiempos especiales de penitencia?

Sí: la Cuaresma, los cuarenta días antes de Pascua, con el ayuno y la abstinencia señalados por la Iglesia; y tradicionalmente los viernes del año, en memoria de la muerte del Señor (tiempos litúrgicos). Conviene recordar el aviso de Jesús: la penitencia, sin cara de vinagre. «Cuando ayunes, perfúmate la cabeza»: que la vea Dios, no el público.

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