Juzgas con más dureza a quien te cae mal. Y casi nunca te das cuenta.
Ante la misma evidencia puedes ser severo con un adversario e indulgente con alguien querido. Después construyes argumentos que presentan ambas reacciones como perfectamente objetivas.
Reconocer esta influencia no vuelve imposible la verdad. Te hace más responsable del modo de buscarla. Preguntas qué deseas que sea cierto, qué pérdida temes y si aplicarías el mismo criterio cambiando los nombres.
Los afectos también ayudan a conocer: el amor atento descubre detalles que la indiferencia ignora. Necesitan, por tanto, educación y contraste, no eliminación. La razón madura escucha al corazón y examina sus inclinaciones. Así evita tanto el racionalismo frío como la justificación sentimental, y puede aproximarse a la realidad con toda la persona.
Idea clave
Lo que sientes influye en lo que te parece verdad; saberlo te ayuda a juzgar mejor.
Tu reto para esta idea
En una opinión que defiendes con fuerza, pregúntate si juzgarías igual si lo hubiera hecho alguien de tu grupo.