El credo no promete almas flotando: promete resurrección de la carne.
Mucha gente cree que la fe promete "que el alma va al cielo", como si el cuerpo fuera un envoltorio de usar y tirar. El credo dice algo más grande: creo en la resurrección de la carne. Como Cristo resucitó con su cuerpo —comió con los suyos, se dejó tocar las heridas—, tú no serás eternamente un espíritu sin rostro: Dios resucitará también tu cuerpo, transformado y glorioso.
Eso cambia cómo lo miras ya. El cuerpo no es la cárcel del alma ni una máquina que se desecha: es parte de ti para siempre. Por eso el cristianismo lo toma tan en serio: lo cuida sin idolatrarlo, lo respeta en los demás y trata con reverencia hasta el cuerpo de los difuntos.
Tus manos, tu cara, tus cicatrices tienen futuro. Lo que haces con el cuerpo —abrazar, trabajar, cuidar, descansar— no es la parte "baja" de tu vida: es materia de eternidad.
Idea clave
No tendrás menos cuerpo en la eternidad: tendrás el tuyo, glorioso.
Tu reto para esta idea
Trata hoy tu cuerpo como algo con futuro eterno: ni lo desprecies ni lo conviertas en tu dios.