Los minutos muertos también se pueden regalar.
La cola del supermercado, la sala de espera, el semáforo que no cambia. Son minutos que parecen perdidos y que casi siempre llenamos con el móvil o con impaciencia.
Hay otra forma de usarlos: mirar a quien tienes cerca y rezar un momento por él. No sabes qué lleva encima esa señora, ese chico con prisa o el señor que cuenta monedas. Dios sí lo sabe. Basta con un «Señor, cuida de él» o un avemaría.
Nadie se entera, y no hace falta. Pero algo cambia en ti: la persona que ibas a ver como un estorbo pasa a ser alguien por quien has rezado. Y la espera se hace más corta.
Idea clave
Rezar por desconocidos convierte los tiempos muertos en caridad escondida.
Tu reto para esta idea
La próxima vez que tengas que esperar, reza por alguien que esté a tu alrededor.