Nadie está hecho para usarse y tirarse.
La cultura del descarte empieza en gestos pequeños: ignorar a quien ya no interesa, usar a alguien para conseguir algo, reírse del débil o medir a las personas por su utilidad.
Pero una persona no vale por lo que te aporta. Vale por lo que es. Tiene una dignidad que no desaparece cuando molesta, envejece, falla o deja de encajar en tus planes.
Mirar así incomoda, porque obliga a cambiar el trato. Pero también hace la vida más humana y más cristiana.
Idea clave
La dignidad de una persona no depende de lo útil que te resulte.
Tu reto para esta idea
Hoy cuida a alguien que normalmente pasa desapercibido o que no puede devolverte el favor.