En cuanto le pones una etiqueta, dejas de escuchar a la persona.
Es cómodo clasificar a la gente: facha, progre, de estos, de los otros. Con una palabra crees que ya sabes quién es y qué piensa, y te ahorras el trabajo de escucharlo. El problema es que esa etiqueta, tan práctica, cierra la puerta: el otro deja de ser alguien a quien entender y pasa a ser un caso que archivar.
Cristo nunca hizo eso. Trató con publicanos, samaritanos, fariseos, gente de bandos opuestos, y a ninguno lo redujo a su cartel. A cada uno lo miró como persona, con su dignidad intacta, incluso cuando le decía verdades incómodas.
Detrás de cada opinión hay una vida entera que no cabe en un adjetivo. Escuchar antes de clasificar no es debilidad ni es darle la razón a todo el mundo: es negarte a tirar a la basura a una persona por una idea.
Idea clave
Una etiqueta clasifica rápido, pero también deja de escuchar a la persona que hay detrás.
Tu reto para esta idea
Hoy, con alguien que piensa muy distinto de ti, hazle una pregunta de verdad antes de decidir «qué es».