Soñar poco también es un defecto.
A la ambición desmedida la vemos venir de lejos. El defecto contrario pasa desapercibido y hace tanto daño o más: apuntar bajo, conformarse, recortar los deseos "para no llevarse chascos". Los clásicos lo llamaban pusilanimidad: alma pequeña. Y a la virtud contraria, magnanimidad: alma grande, capaz de proponerse cosas grandes y ponerse a ellas.
No es creerse grande: es querer en grande. Y no para la propia vitrina, sino para algo que lo merezca: tu familia, tu trabajo bien hecho, el bien que puedes hacer y nadie hará por ti. Por eso el magnánimo puede ser muy humilde: la humildad no recorta sueños, recorta vanidad.
Dios no te dio deseos grandes para que los dejes con hambre. Los ideales pequeños se cumplen y decepcionan; los grandes tiran de ti hacia arriba toda la vida.
Idea clave
La humildad no está reñida con pensar en grande: está reñida con pensar solo en ti.
Tu reto para esta idea
Escribe qué harías a lo grande si no tuvieras miedo a fallar, y da esta semana el primer paso pequeño.