Casarse es también recibir una familia.
La relación con la familia política tiene fama de difícil: roces, comparaciones, costumbres distintas, opiniones que nadie ha pedido. Y es fácil quedarse en el «son su familia, no la mía».
No hace falta idealizarla. Pero se puede elegir cuidarla: interesarte por tu suegra, tener paciencia con las manías de tu cuñado, echar una mano cuando lo necesitan. La lealtad familiar no se limita a los de tu sangre.
Muchas veces, además, esa familia es también la de tus hijos: sus abuelos, sus tíos, sus primos. Quererla bien es otra forma de querer a tu pareja.
Idea clave
La lealtad familiar también se elige con quienes no son de tu sangre.
Tu reto para esta idea
Ten hoy un detalle con alguien de tu familia política: una llamada, una pregunta, una ayuda.