Aprender a convivir con alguien que no elegiste prepara para reconocer al extraño como hermano.
En una familia compartes espacio con personas distintas en edad, temperamento y gustos. No las seleccionaste por afinidad. Esa convivencia puede convertirse en una primera escuela de fraternidad.
Allí aprendes que el otro tiene necesidades cuando no te conviene, que los bienes se reparten y que una discusión no elimina el vínculo. Si el hogar se encierra sobre sí mismo, sin embargo, esa escuela queda incompleta.
La pertenencia familiar está llamada a ensancharse en hospitalidad, servicio y preocupación social. Lo aprendido dentro de casa puede ayudar a tratar como prójimo a quien no comparte apellido, cultura o ideas. La familia aporta fraternidad al mundo cuando su amor no levanta una frontera, sino que entrena corazones capaces de abrirla.
Idea clave
La convivencia familiar educa una fraternidad que alcanza su sentido pleno cuando se abre al servicio y a la hospitalidad fuera del propio círculo.
Tu reto para esta idea
Elige con tu familia una acción concreta de hospitalidad o servicio hacia alguien que normalmente no forma parte de vuestro círculo.