Tu valor no sube cuando te aplauden ni baja cuando te equivocas.
Tu dignidad no depende de lo bien que te salgan las cosas, de tu aspecto ni de lo que otros piensen de ti. Vale más que todo eso. Tiene que ver con algo más profundo: eres persona, Dios te ha creado, te ama y te llama a vivir con Él.
Cuando se olvida esto, uno acaba buscando su valor en sitios muy frágiles: en un resultado, en una mirada, en una aprobación. Y eso cansa mucho. En cambio, cuando lo recuerdas, puedes mejorar, pedir perdón y volver a empezar sin machacarte por dentro.
Esto no se queda en una frase bonita. Se nota en cómo te tratas cuando fallas, en cómo miras a los demás y en qué cosas dejas que decidan tu ánimo. Vivir desde la dignidad también es aprender a descansar, hablar y recomenzar sin convertir cada error en una sentencia.
Idea clave
Tu valor no depende de tu estado de ánimo ni de tus aciertos.
Tu reto para esta idea
Hoy trata a una persona difícil recordando que también tiene una dignidad que no depende de cómo se está portando.