Si en el amor gana el que huye, en la amistad gana el que se queda.
Cuando una amistad se rompe por un choque, el orgullo empuja a lo mismo: irse, tener razón, esperar a que el otro dé el paso. Y así se enfría algo que valía la pena, no porque no hubiera cariño, sino porque nadie quiso quedarse.
Hacer las paces pide justo lo contrario: aguantar la incomodidad, dar tú el paso, dejar que el aprecio pese más que el ego herido. Quedarse no es debilidad ni tragar; es querer al amigo por quien es, no por quien te gustaría que fuera, aunque a veces te lleve la contraria o te diga verdades que escuecen.
Rezarlo y masticarlo un poco ayuda a que se pose la herida y aparezca lo importante. Casi siempre, cuando bajas el orgullo, ves que preferías tener al amigo antes que tener razón.
Idea clave
Hacer las paces no es ganar la discusión, sino quedarte cuando lo fácil es irte.
Tu reto para esta idea
Si tienes una amistad enfriada por un choque, da hoy tú el primer paso —un mensaje, una llamada— sin esperar a tener razón.