No entiendes bien tu mal hasta que ves cuánto se te perdona.
Se puede hablar del pecado desde el miedo, como quien repasa una lista de faltas para sentirse culpable. Pero esa no es la puerta buena. El pecado se entiende de verdad mirando a un Dios que perdona, no a un juez que acecha.
A la luz de la misericordia, reconocer lo que haces mal deja de ser hundirte. Es más bien darte cuenta de hasta dónde llega un amor que no se rinde contigo, que perdona siempre que vuelves.
Por eso mirar tus fallos no tiene que dejarte peor. Bien mirado, te lleva a un sitio insospechado: el asombro de saberte querido incluso ahí, justo donde menos lo mereces.
Idea clave
Se comprende el propio mal a la luz de un amor que perdona, no del miedo.
Tu reto para esta idea
Piensa en algo tuyo que te avergüenza. En vez de castigarte, llévalo a Dios sabiendo que quiere perdonarte, no humillarte.