María Magdalena no le reconoció por la cara, sino por cómo dijo su nombre.
La mañana de la resurrección, María Magdalena lloraba junto al sepulcro vacío. Vio a un hombre y pensó que era el hortelano. Le preguntó dónde habían puesto el cuerpo, le habló de lo que había perdido… y no le reconoció. Hasta que él dijo: «María». Entonces supo quién era.
No hizo falta un discurso ni una prueba. Bastó su nombre, dicho como solo lo decía Él. Así trata Dios a cada uno: no como a un número dentro de una multitud, sino como a alguien concreto, con su historia y sus lágrimas.
Quizá te sientes uno más en clase, en el trabajo o incluso en la iglesia. Para Dios no lo eres. Te conoce por tu nombre, y en la oración puedes escucharle así: dirigiéndose a ti.
Idea clave
Dios no te quiere en general: te llama por tu nombre.
Tu reto para esta idea
Empieza hoy tu oración con una frase sencilla: «Señor, soy yo», y sigue hablando desde ahí.