Hay padres que lo hicieron lo mejor que supieron y ven a su hijo lejos de Dios. No es el final de la historia.
Muchos padres educaron en la fe con cariño y esfuerzo, y ven cómo un hijo deja de ir a Misa, se burla de lo que antes creía o toma caminos que le hacen daño. Duele, y suele venir con culpa: ¿qué hice mal?
Insistir no suele funcionar, y cortar tampoco. Lo que más ayuda es no forzar, mantener el cariño, dejar la puerta abierta y estar atento a cualquier señal. Que tu hijo sepa que puede volver a casa —y a la fe— sin tener que pedir permiso.
Muchas veces no queda otra que esperar y rezar, con paciencia y dulzura. Algunos padres lo resumen así: «Dios mío, ahora te toca a ti». No es rendirse. Es reconocer que ese hijo es, antes que nada, hijo de Dios.
Idea clave
A un hijo alejado se le quiere sin forzarle, con la puerta abierta y mucha oración.
Tu reto para esta idea
Si tienes un hijo o alguien querido alejado de Dios, ten hoy con él un gesto de cariño que no tenga nada que ver con la religión.