No hace falta un monasterio para tratar a Dios todo el día.
Solemos separar la oración del resto: un rato «para Dios» y luego la vida real, el trabajo, las prisas. Pero se puede tratar a Dios sin salir de lo cotidiano. No solo en los ratos de oración, sino a lo largo del día, con una conversación breve y continua con Él.
No es andar distraído ni dejar de hacer bien tu tarea. Es lo contrario: trabajar concentrado sabiéndote mirado con cariño, ofrecer lo que haces, lanzar una frase corta a Dios entre dos cosas, agradecer, pedir. Poco a poco, el día entero se vuelve oración.
A eso apuntaba san Josemaría con lo de ser «contemplativos en medio de la calle». No pide tiempo extra que no tienes: pide acordarte de Quien no se olvida de ti.
Idea clave
Puedes tratar a Dios de forma continua dentro de tu vida y tu trabajo normales.
Tu reto para esta idea
Hoy, entre tarea y tarea, lanza tres frases cortas a Dios: un «gracias», un «ayúdame», un «aquí estoy».