Una amistad decisiva puede comenzar en un asiento libre, un retraso o una conversación que no planeaste.
Mirando atrás, algunas de las personas más importantes de tu vida llegaron casi por casualidad: te sentaste a su lado en clase, perdiste un tren, alguien te la presentó en una fiesta. De un encuentro mínimo salió una amistad que te sostuvo en una crisis, te ayudó a decidir o te acercó a Dios.
Ver ahí un regalo no obliga a tomar cada coincidencia como una señal. Pero sí invita a mirar la vida con agradecimiento: Dios suele actuar a través de horarios, circunstancias y libertades de lo más normales.
Y también te hace responsable. El encuentro fue un regalo; la amistad necesitó después tiempo, respuestas y cuidado. Agradecerla es una buena forma de seguir cuidándola.
Idea clave
Dios también se sirve de encuentros casuales, pero la amistad hay que cuidarla después.
Tu reto para esta idea
Piensa en alguien que llegó a tu vida casi por casualidad y dale hoy las gracias por estar en ella.