Reconocer que no eres Dios es el principio de la paz.
Adorar suena a algo antiguo, pero es de lo más sano que existe: reconocer que hay Alguien más grande que tú, y que tú no eres el centro del universo. Es la postura del que se sabe criatura ante su Creador.
Eso, lejos de humillarte, te libera. Cuando adoras a Dios, dejan de mandar sobre ti los pequeños ídolos que esclavizan: el qué dirán y tu propio yo. Poner a Dios en su sitio pone también en su sitio todo lo demás.
No hace falta nada complicado: unos minutos de silencio reconociendo su grandeza, un «Dios mío, Tú eres Dios y yo no». Adorar reordena por dentro y da una paz que la autosuficiencia nunca da.
Idea clave
Adorar a Dios te libera de los ídolos que te esclavizan.
Tu reto para esta idea
Dedica hoy un minuto a adorar: en silencio, reconoce que Dios es Dios y déjale a Él el centro que sueles ocupar tú.